No faltan programas ni recursos. Lo que falta es algo más básico: saber derivar bien. Porque cuando la derivación falla, el sistema completo pierde sentido.
Durante años hemos discutido cómo mejorar el ecosistema de emprendimiento en Chile. Se habla de más programas, más fondos y mayor cobertura. Pero hay una verdad incómoda que sigue pasando desapercibida y que explica gran parte de las fallas del sistema: la derivación. Y para los que me conocen, saben que hay una frase que repito constantemente, casi como una convicción: “derivemos responsablemente”. No es una consigna ni una frase bonita, es una forma de mirar el sistema. Porque en ese momento, cuando alguien te pregunta qué hacer, dónde ir o cómo seguir, no estás entregando un dato, estás influyendo en el camino de una persona. Estás tomando una decisión que puede acelerar su crecimiento o hacerlo perder meses.
Y ahí es donde el sistema hoy se queda corto. Porque derivar no puede ser sacarse el problema de encima, derivar es hacerse responsable. Es entender que no termina cuando entregas un nombre o un link, sino que empieza ahí. Una derivación real debería tener seguimiento, debería existir un dashboard que permita saber a quién derivaste, a dónde, qué pasó después, si avanzó o no. Debería haber una llamada posterior, una conversación, una validación. Porque si no sabemos qué ocurrió, no estamos aprendiendo, y si no aprendemos, seguimos repitiendo errores.
Pero hay algo aún más profundo. Para derivar bien no basta con conocer programas, hay que conocer personas. No todos dentro de una institución tienen la misma capacidad de orientar, resolver o acompañar. Saber quién es el indicado marca la diferencia. Una buena derivación no es solo a la institución correcta, es a la persona correcta. Y eso nos enfrenta a otro desafío mayor: conocernos entre nosotros. Hoy el sistema no se conoce lo suficiente. No sabemos bien qué hace el otro, en qué etapa aporta valor o quién resuelve mejor ciertos problemas. Falta un mapa claro, una especie de menú del ecosistema que permita tomar decisiones con criterio y no al azar.
Porque cuando eso no existe, la derivación se transforma en intuición, y cuando se basa en intuición, el sistema pierde consistencia. Aquí está la oportunidad. No se trata de crear más programas, se trata de ordenar el recorrido, de asumir que cada derivación es una decisión estratégica. De pasar de un sistema que deriva a uno que se hace cargo. Porque al final, derivar bien no es mover a alguien de un lugar a otro, es hacerse responsable de que llegue donde realmente tiene que estar y de no soltarlo hasta saber qué pasó. Ahí es donde el sistema deja de operar y empieza, de verdad, a transformar.