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Si el Estado no trabaja con los municipios, el emprendimiento en Chile seguirá estancado

No fue sino hasta alrededor del 2010 cuando el emprendimiento comenzó a ocupar un lugar relevante en las políticas públicas en Chile. Pasó a ser protagonista, con iniciativas como la Semana de la Pyme y el fortalecimiento de instituciones de fomento como CORFO y SERCOTEC. Sin embargo, desde entonces, las políticas en materia de emprendimiento han ido variando según la mirada de los distintos gobiernos: algunos con mayor foco en el emprendedor y otros con una orientación más marcada hacia el apoyo a empresas ya establecidas.

Personalmente, creo que es necesario fortalecer con decisión la creación de nuevos emprendedores y empresarios. Y en ese camino, es importante reconocer que el modelo ha operado, en gran medida, bajo una lógica centralizada. Aunque eso tiene sentido en varios ámbitos, en el caso del emprendimiento tiene un límite claro. Porque el emprendimiento no ocurre en el nivel central, en las comunas, en los espacios donde las personas viven, trabajan y deciden emprender.

El emprendimiento nace en las comunas. Y, por lo tanto, su desarrollo también debería serlo.

Sin embargo, gran parte de las decisiones, programas y estrategias siguen pensándose desde arriba hacia abajo, bajo una lógica general que no siempre logra capturar la diversidad de realidades locales. Además, hemos transitado por administraciones con enfoques distintos: algunas más pro-emprendimiento y empresariales, otras que han optado por mantener lo existente con matices más asociativos muchas veces armando y desarmando. Esto genera una brecha entre lo que se diseña y lo que realmente se necesita, afectando directamente el impacto de las políticas públicas.

Es aquí donde aparece el verdadero desafío político.

Fortalecer a los municipios no es solo una decisión operativa, es una decisión estratégica. No se trata únicamente de transferir recursos, sino de definir un rol claro dentro del sistema, integrarlos en la estrategia de desarrollo productivo, confiar en su capacidad de articulación y reconocer que poseen un conocimiento clave del entorno para tomar mejores decisiones.

Además, es importante entender que muchos municipios ya están avanzando. Han creado espacios, HUBs, cowork,direcciones y corporaciones de fomento, con sus ventajas y también con sus desafíos. Esto demuestra una voluntad real de impulsar el emprendimiento desde lo local. Sin embargo, este crecimiento también requiere ordenamiento.

Hoy, varios municipios ven en la creación de HUBs una solución para el desarrollo del fomento. Y si bien estos espacios pueden ser un gran aporte, por sí solos no resuelven el problema. Sin una estrategia país clara, con lineamientos definidos que permitan coordinar esfuerzos y generar conversación real entre el nivel central y los municipios, existe el riesgo de volver a fragmentar el sistema.

Se trata de pasar de un sistema que baja soluciones a uno que también las construye desde lo local, pero con una mirada articulada. Este cambio implica algo más profundo que ajustes técnicos. Implica redistribuir responsabilidades, abrir espacios de decisión y generar mecanismos reales de coordinación entre el nivel central y las direcciones de sus municipios. Implica entender que el desarrollo no se impone, se construye.

Y en ese proceso, los municipios pueden transformarse en actores fundamentales. No solo como ejecutores de programas, sino como articuladores del ecosistema, como conectores entre actores y como motores del desarrollo económico local.

Hoy ya existen experiencias que demuestran que esto es posible. Municipios que han creado espacios de emprendimiento, que han articulado redes y que han generado impacto real desde sus territorios. Sin embargo, estos esfuerzos aún no están completamente integrados en una estrategia país.

Y ahí está la oportunidad. Porque si no fortalecemos lo local, el sistema seguirá siendo distante, poco preciso y menos efectivo de lo que podría ser. Seguiremos teniendo buenas intenciones, pero resultados limitados. El desafío no es menor, pero es claro.

Si queremos que el emprendimiento realmente crezca, tenemos que cambiar la forma en que lo estamos impulsando: menos centralización en el diseño y más protagonismo en las comunas. Pero no de cualquier forma. Las comunas también deben querer ser parte, asumir un rol activo y trabajar de manera asociativa y articulada con el gobierno de turno, con sus comunas vecinas, sin importar el color político y al mismo tiempo, vincularse con la academia y el sector privado. Solo así se puede construir un ecosistema que funcione de verdad.

Si queremos que el emprendimiento deje de ser un discurso y pase a ser una herramienta real de desarrollo para Chile, tenemos que tomar decisiones distintas. No basta con seguir ajustando programas desde el nivel central ni con seguir sumando iniciativas sin conexión. El cambio es más profundo: se trata de ordenar el sistema desde donde realmente ocurre el emprendimiento.

Eso implica reconocer a los municipios como un pilar, no como un complemento. Integrarlos en la estrategia, exigirles también estándares, fortalecer sus capacidades y, sobre todo, conectarlos entre sí y con el Estado. Porque cuando lo local se articula bien, el impacto deja de ser marginal y pasa a ser estructural.

El desafío no es menor, pero es evidente. Chile no necesita más esfuerzos aislados, necesita coordinación, dirección y una apuesta clara por el territorio. Porque el desarrollo no se decreta, se construye. Y se construye desde las comunas.

Sin municipios no hay emprendimiento: el Estado debe integrarlos como eje del desarrollo productivo

El emprendimiento ocurre en las comunas, pero el sistema sigue operando desde arriba. Es momento de que el Estado reconozca a los municipios como articuladores clave y los integre de forma real en la estrategia de fomento en Chile.

Desde lo que he podido observar durante estos años, los municipios cumplen múltiples funciones: atienden, orientan, informan y apoyan. Son el primer contacto para muchos emprendedores y, en muchos casos, el único espacio donde encuentran acompañamiento cercano. Pero hay un rol que aún no se ha desarrollado del todo y que podría cambiar profundamente el funcionamiento del sistema: convertirse en verdaderos conectores.

No se trata de que el municipio haga todo ni de que reemplace a otras instituciones. Se trata de algo más estratégico: conectar mejor lo que ya existe. Ordenar la oferta, articular actores y dar sentido al recorrido del emprendedor dentro del territorio. Hoy se invierten millones en difusión, en campañas y en visibilidad de programas, pero poco en asegurar que esa información llegue de forma clara y útil a quienes están en la primera línea: los municipios, a través de sus unidades de fomento.

Esto también implica un desafío interno. Los municipios deben profesionalizar este espacio y asumirlo como un eje estratégico. Y muchos ya lo están haciendo. Son cada vez más los que destinan tiempo, equipos y recursos para impulsar el emprendimiento y facilitar la creación de nuevas empresas. Esto ocurre en un contexto donde ya existen múltiples programas, instituciones y herramientas disponibles. Por lo tanto, el problema no es la falta de oferta, es la falta de conexión.

Ahí el municipio puede cumplir un rol clave. Puede transformarse en el espacio donde convergen las distintas alternativas, donde se orienta con criterio y donde se construye una trayectoria más clara para el emprendedor.

Para lograrlo, el municipio debe avanzar hacia una lógica distinta. Pasar de ser un punto de atención a un nodo de articulación. Un espacio donde se sepa a quién derivar, cuándo hacerlo y cómo hacer seguimiento. Donde no solo se entregue información, sino que se acompañe el proceso.

Esto implica articular con la academia, con los servicios públicos, con el mundo privado y con otros actores del ecosistema. Implica conocer qué hace cada uno, en qué etapa aporta valor y cómo se complementan. Y, sobre todo, implica asumir que el emprendedor no necesita más opciones, necesita mejores decisiones.

Cuando el municipio cumple este rol, el sistema se ordena desde sus comunas. Se reducen las duplicidades, se mejora la pertinencia de los apoyos y aumenta la probabilidad de que el emprendedor avance. El desafío es claro: dejar de operar como actores aislados y avanzar hacia una lógica de red, donde el municipio actúe como un verdadero conector territorial.

Porque si alguien tiene la capacidad de ordenar el ecosistema desde la realidad, con conocimiento directo y cercanía con las personas, es el municipio.

Entonces, ¿qué debería pasar? Y lo he planteado en distintas instancias: el Estado debe reconocer y fortalecer a los municipios que están más avanzados, utilizándolos como base para acercar los instrumentos de fomento a las personas. También debe impulsar programas que permitan que las instituciones lleguen a laas comunas, apoyando a quienes aún no están preparados y necesitan desarrollar procesos reales de emprendimiento, más allá de acciones puntuales o ferias temporales.

Los municipios, a través de sus unidades de fomento, deben convertirse en articuladores del desarrollo emprendedor en Chile. Ahí hay una oportunidad concreta de ordenar el sistema y hacerlo realmente efectivo.

Aquí dejo esta pregunta: ¿El estado esta aprovechando realmente el rol de los municipios en el desarrollo del fomento productivo? ¿Los alcaldes tienen este tema en su agenda?

El conocimiento para emprender está en las comunas… pero las decisiones siguen lejos

Hay información valiosa en las comunas que no está siendo utilizada para tomar mejores decisiones.

Los municipios tienen algo que ninguna otra institución posee con ese nivel de profundidad: conocimiento real y directo de sus comunas. Saben quién está emprendiendo, en qué rubro, con qué dificultades y en qué contexto. Conocen las historias detrás de cada negocio, las barreras que enfrentan y las oportunidades que se pueden activar. Ese conocimiento no es teórico, es práctico, cotidiano y construido en terreno, muchas veces con pocos recursos y sacando adelante iniciativas casi a pulso.

Sin embargo, hoy ese conocimiento no se está utilizando de manera estratégica. Muchas veces queda en el nivel local, sin escalar, sin sistematizarse y sin influir en las decisiones más amplias del ecosistema. Se transforma en información valiosa, pero aislada.

Las decisiones, desde los formatos de apoyo hasta los programas de emprendimiento e incluso los montos que se asignan, en muchos casos siguen tomándose desde arriba, bajo una lógica general que no siempre incorpora la diversidad de realidades de las comunas a nivel nacional. Los programas se diseñan con buenas intenciones, pero sin considerar completamente lo que realmente está ocurriendo en las comunas. Y ahí es donde comienza la desalineación.

Porque cuando no se escucha lo que pasa en las comunas, el sistema pierde precisión. Pierde la capacidad de focalizar bien, de adaptar sus instrumentos y de responder a necesidades reales. Se vuelve más genérico, más distante y, finalmente, menos efectivo.

El resultado es evidente: programas que no calzan del todo con la realidad local, recursos que no se aprovechan al máximo y emprendedores que sienten que el apoyo no responde a su situación concreta, o que simplemente está diseñado para otros y no para ellos.

Hoy el sistema tiene acceso a conocimiento, pero no lo está integrando de forma sistemática en la toma de decisiones. Y eso limita su impacto. También es cierto que, en algunos casos, esa información no se comparte lo suficiente desde los propios municipios, lo que refuerza la desconexión.

Si queremos mejorar el ecosistema, tenemos que escuchar más a los municipios. Pero no solo convocarlos en momentos puntuales o en situaciones de emergencia, sino integrarlos de manera permanente, validar su conocimiento y utilizarlo como base para diseñar mejores políticas públicas. Eso implica darles un rol más activo, no solo como ejecutores locales, sino como actores relevantes en el diseño, ajuste y evaluación de las estrategias de emprendimiento.

Porque cuando el sistema se construye con información real, el impacto cambia. Se vuelve más preciso, más pertinente y efectivo.

Y aquí hay una tarea compartida. El Estado debe integrar a los municipios y a sus áreas de emprendimiento dentro de una red de trabajo real, activa y colaborativa. Y los municipios también deben estar dispuestos a compartir información, coordinarse y trabajar en conjunto. Porque solo así se puede fortalecer el ecosistema y generar más emprendedores, más empresas y, en consecuencia, más desarrollo para el país.

Dejo planteado estos temas: ¿Estamos diseñando políticas públicas sin conocer lo que pasa en terreno? ¿Crees que hoy el Estado realmente escucha lo que pasa en los territorios?

Derivación responsable: el eslabón perdido que puede ordenar el emprendimiento en Chile

No faltan programas ni recursos. Lo que falta es algo más básico: saber derivar bien. Porque cuando la derivación falla, el sistema completo pierde sentido.

Durante años hemos discutido cómo mejorar el ecosistema de emprendimiento en Chile. Se habla de más programas, más fondos y mayor cobertura. Pero hay una verdad incómoda que sigue pasando desapercibida y que explica gran parte de las fallas del sistema: la derivación. Y para los que me conocen, saben que hay una frase que repito constantemente, casi como una convicción: “derivemos responsablemente”. No es una consigna ni una frase bonita, es una forma de mirar el sistema. Porque en ese momento, cuando alguien te pregunta qué hacer, dónde ir o cómo seguir, no estás entregando un dato, estás influyendo en el camino de una persona. Estás tomando una decisión que puede acelerar su crecimiento o hacerlo perder meses.

Y ahí es donde el sistema hoy se queda corto. Porque derivar no puede ser sacarse el problema de encima, derivar es hacerse responsable. Es entender que no termina cuando entregas un nombre o un link, sino que empieza ahí. Una derivación real debería tener seguimiento, debería existir un dashboard que permita saber a quién derivaste, a dónde, qué pasó después, si avanzó o no. Debería haber una llamada posterior, una conversación, una validación. Porque si no sabemos qué ocurrió, no estamos aprendiendo, y si no aprendemos, seguimos repitiendo errores.

Pero hay algo aún más profundo. Para derivar bien no basta con conocer programas, hay que conocer personas. No todos dentro de una institución tienen la misma capacidad de orientar, resolver o acompañar. Saber quién es el indicado marca la diferencia. Una buena derivación no es solo a la institución correcta, es a la persona correcta. Y eso nos enfrenta a otro desafío mayor: conocernos entre nosotros. Hoy el sistema no se conoce lo suficiente. No sabemos bien qué hace el otro, en qué etapa aporta valor o quién resuelve mejor ciertos problemas. Falta un mapa claro, una especie de menú del ecosistema que permita tomar decisiones con criterio y no al azar.

Porque cuando eso no existe, la derivación se transforma en intuición, y cuando se basa en intuición, el sistema pierde consistencia. Aquí está la oportunidad. No se trata de crear más programas, se trata de ordenar el recorrido, de asumir que cada derivación es una decisión estratégica. De pasar de un sistema que deriva a uno que se hace cargo. Porque al final, derivar bien no es mover a alguien de un lugar a otro, es hacerse responsable de que llegue donde realmente tiene que estar y de no soltarlo hasta saber qué pasó. Ahí es donde el sistema deja de operar y empieza, de verdad, a transformar.

Muchos atendidos, pocos transformados: la ilusión de la cobertura en el emprendimiento

Llegar a miles de emprendedores no garantiza impacto. Cuando la medición se centra en cobertura y no en resultados, el sistema corre el riesgo de confundir actividad con progreso.


Durante años, el sistema de apoyo al emprendimiento en Chile ha mostrado cifras que, a primera vista, son positivas. Miles de beneficiarios atendidos, cientos de talleres ejecutados, programas con alta convocatoria. La cobertura se ha transformado en uno de los principales indicadores de éxito. Pero aquí aparece una pregunta incómoda: ¿cuántos de esos emprendedores realmente crecen después del apoyo?

Porque atender no es lo mismo que transformar.

Muchos beneficiarios no necesariamente se traducen en más empresas sostenibles, en mayores ventas o en generación de empleo. Y ahí es donde aparece la ilusión de la cobertura. Un sistema que muestra movimiento, que reporta números, que cumple metas, pero que no siempre logra impacto real en la trayectoria de los emprendedores. El problema no es que exista cobertura, el problema es cuando la cobertura se convierte en el objetivo principal.

Hoy vemos tres síntomas claros de este fenómeno. Primero, una cobertura inflada, donde se prioriza llegar a más personas sin necesariamente profundizar en su proceso. Segundo, un seguimiento débil, donde el vínculo con el emprendedor termina al finalizar el programa, sin saber realmente qué ocurrió después. Y tercero, resultados poco medibles, donde el foco está en la ejecución de actividades más que en el impacto generado.

Esto genera una distorsión relevante. Porque el sistema se organiza para cumplir metas de corto plazo, como número de atenciones, talleres o participantes, pero no necesariamente para asegurar resultados de largo plazo, como crecimiento, formalización sostenida o escalamiento. En ese escenario, todos parecen cumplir: las instituciones ejecutan, los programas reportan y los indicadores se alcanzan. Pero el emprendedor no siempre avanza.

Aquí es donde el análisis se vuelve más profundo. No se trata de cuestionar el esfuerzo ni la existencia de los programas, se trata de revisar qué estamos entendiendo por éxito. ¿Es éxito llegar a muchos o es lograr que algunos realmente crezcan? Porque ambas cosas no siempre van de la mano.

Cuando el sistema se enfoca solo en cobertura, corre el riesgo de volverse superficial. De tocar a muchos, pero transformar a pocos. El desafío, entonces, no es reducir la cobertura, sino darle sentido. Pasar de la cantidad a la calidad, del acceso al resultado, de la actividad al impacto.

Porque si no sabemos qué pasa después del apoyo, estamos operando a ciegas. Y un sistema que no mide impacto real, difícilmente puede mejorar.

Chile necesita seguir apoyando a sus emprendedores, pero también necesita hacerse una pregunta clave, aunque incomode: ¿cuántos de ellos realmente están creciendo gracias a ese apoyo?

Porque al final del día, no se trata de cuántos atendemos, sino de cuántos logramos transformar.

¿Tú cómo lo ves? ¿Crees que estamos midiendo bien el impacto del sistema o seguimos confundiendo cobertura con éxito?